miércoles, 8 de octubre de 2008
Otro pasaje del primer capítulo
Mi vida era muy rutinaria, tenía horarios para todo: horario para levantarme, horario para ducharme, para el desayuno, para pasar por el peaje de la autopista, para fichar la entrada en la oficina, para fichar la salida, para cenar, para mirar TV, para acostarme. Y tenía horario para la diversión y el sexo: los sábados, de 15 a 17 jugaba al tenis con unos viejos amigos, y sábado de por medio, de 22 a 23, la misma prostituta me atendía en un antiguo departamento de cinco habitaciones descascaradas que compartía con otras mujeres ya grandecitas y algo abandonadas. Con mi elegida Jacqueline habíamos pasado por todas las piezas porque ella decía que al sexo lo mantiene vivo la variedad, pero en cada una estaban las mismas luces de colores que se encendían simultáneamente con sus falsos gemidos de placer. Nunca entendí cómo sucedían ambas cosas. Tal vez debajo de la almohada había una perilla que Jacqueline activaba mientras se sacudía, o quizá en algún lugar debajo de las sábanas estuvieran escondidas esas luces navideñas que tardan en calentarse y después le dan vida al arbolito, apagándose y prendiéndose. Porque es imposible por lo precario del establecimiento que se trate de un sistema inteligente que funcione reconociendo los tonos de voz.
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