miércoles, 8 de octubre de 2008
Párrafo del segundo capítulo
-Yo quiero soñar, señor. Quiero que me lleve a los sueños que quiero. Quiero pasarme la vida soñando, y si es necesario, que finalmente la vida me termine soñando a mí. Que le sea imprevisible. Que en mañanas impetuosas de vacíos y desganos, imperativas en obligaciones vanas, yo esté en rincones nunca vistos remontándome en gigantes mariposas de colores ardientes. Que la vida discurra y no me encuentre. Mientras ordena el desenlace fatal de mi juventud, yo andaría cayendo por abismos y salvándome en manos piadosas para correr renovado por caminos de estelas brumosas. Iría sediento de aventuras breves y de seres risueños, desprovisto de tiempos y cálculos, sin porvenir ni pasado. Volaría echando los brazos hacia atrás y ensanchando todo lo posible el pecho, con la cabeza erguida y en puntas de pie. Sentiría enseguida que el piso me sobra, y flotaría un metro, dos, tres hasta volcar sobre unos de mis costados sin derrumbarme. Cobraría altura desplegando mis manos hasta que los dedos quedaran lo más lejos posible entre sí, de tal manera de no ofrecer resistencia al aire, que entre tanto ya ensayaría juegos con mi pelo. Mientras, mis piernas estiradas, casi se convertirían en una sola y concluirían en un extremo triangular de repetidos vaivenes.
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