
-¡Ernesto, Ernesto, hay que escapar! Los bolivianos son muchos, y están los gurkas entrenados por Estados Unidos.
-¡¿Pero tú quién eres?!¡¿De dónde apareciste?!
-No importa, Ernesto, pero debes huir, los van a masacrar, ya no los apoya nadie. La Unión Soviética nunca lo hizo, y el pueblo boliviano ahora los ignora.
-¡¿Pero me puedes decir quién carajo eres?! ¡¿Quiénes son los gurkas?!
-No... gurkas no, rangers quise decir, los soldados bolivianos entrenados por Estados Unidos y la CIA.
El ruido de las balas era cada vez más fuerte en las inhóspitas postrimerías de la selva boliviana. Al escenario empobrecido con el paisaje ruin y el maltrecho grupo del Che, lo sobresaltaba la sordidez de frenéticos ritmos descompuestos en pólvora. Ernesto ya no podía seguir con la testarudez del avance, pero reagrupado con los dieciséis compañeros que le quedaban, resistía y no hacía lo que en Sierra Maestra se juró no hacer nunca: retroceder.
“Eso ya lo sé, tengo información. Son tropas especiales del ejército boliviano, y al frente está un capitán del ejército”, decía el Che con fastidio.
-Sí, se trata del capitán Gary Prado Salmón
-¡¿Pero...!
Me empecé a diluir y creí entender que el Che me trataba de espía. Comenzaron a desfilar rostros y paisajes, y el sepia pasó a envolver y a dejar sin matices la fugacidad con la que aparecieron imágenes triviales de la realidad cotidiana. Ni en los misterios ni en las fantasías del sueño, ni siquiera de mentira puedo demostrar algo de valentía. Ante el inminente peligro siempre cometo la cobardía de refugiarme en la vigilia. Me despierto, y lo peor es que me siento aliviado. Pero cuando este tipo de sueños ocurren, esa tenue felicidad de descubrirme a salvo tapado hasta la barbilla se convierte de a poco en desazón. Comienzo a añorar la fantástica aventura a la vez que voy tomando conciencia de que me aguarda otro día previsible, una exacta fotocopia de ayer y un anticipo completo de lo que será mañana.
Aquel día que tomó su curso tras el primer sueño con el Che, fue especialmente intolerable. La pasé pensando en ese hombre ingenuo y santo, que rompió con un beso en la frente de su madre el certificado de bienestar firmado por su apellido compuesto, y que después hizo más o menos lo mismo apagándose privilegiados calores del poder revolucionario cubano. Y yo yendo al seguro trámite de mi día, a completar horas vacías que me redondeen la subsistencia en recibo a fin de mes. Qué vidas tan distintas las del Che y la mía. El tuvo asma y yo también tuve siempre. Yo lo usé de excusa y él de musa.

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