miércoles, 8 de octubre de 2008

Capítulo 4: unas líneas

Era el día, y era un viernes. El séptimo día debía ser un viernes, así lo había combinado con el psiquiatra. Al rato pude quitarme la campera. Fausta ya estaba sin anteojos y sus enormes ojeras me parecieron la secuela de un mar celeste en retirada. Tenía menos frío, pero hasta el roce de un microbio me provocaba escozor. La mirada de Fausta me estremecía exageradamente. Prendí la computadora y sentí que las ondas eléctricas podrían introducirme dentro de la pantalla. No moví un dedo hasta el mediodía, y fingí trabajo mezclando inútilmente papeles inútiles. No había llevado nada para almorzar, y Fausta me regaló una manzana. Le dije que la partiera en dos porque en las condiciones en que estaba, una manzana se asemejaba a la explosión de la gula. Ante el asombro de Fausta, me detuve un buen rato a observar una de las mitades como quien observa el pozo infinito de la materia. No podía quitar la vista de ahí: la pulpa se transformaba por segundos en un colchón esponjoso en constante oleaje. Cuando di el primer mordisco ese colchón se hizo de hierro, no pude masticar, tuve una convulsión y escupí. Con el pulso desquiciado, revolví en mi valija hasta encontrar el frasco del psiquiatra y bebí de un sacudón el resto que quedaba.
-¿Estás mal del estómago, Mariano?
-Estoy mal de la vida, Fausta.
Me quedé un rato en silencio, y después le pedí que no se preocupara, que ya se me iba a pasar, que no era nada, que se quedara tranquila, y le dije que iba a ver que las cosas con Luciano se arreglarían, que lo tenía que comprender, que era joven para sufrir tanto, pero que si al final el amor duele no sirve, que de todas maneras el amor pasa, y que no hay que hacer tremendas a las cosas porque el paso del tiempo termina acabando con las cosas, que lo único que demuele es el dolor de muelas, que el amor no debería matar de nada, si es un préstamo de afecto a devolver al corto plazo que dura la pasión, y que hoy me voy a ir más temprano, Fausta…
Estaba libre de culpa y pena, y de repente excitado. Marqué el número de teléfono del psiquiatra y le dije que a las 3, 4 de la tarde podía estar en su casa. Me preguntó si había tomado todo el frasco y que tratara de tranquilizarme “que sin paz soñar es imposible. ¿No habrá hecho ningún plan para el fin de semana, no?” “No tengo plan para el resto de mi vida”, le dije, y colgué. Fausta estaba desencajada.
Enseguida apagué la computadora, guardé los papeles y me puse la campera. Me paré y Don Alfredo vino a decirme que estaba bien que me fuera, que me acostara, que me pedía un auto, pero apenas le hice una mueca y antes de partir rocé la mano de Fausta. “¡Te llamo esta noche para ver cómo estás!” escuché que gritó ella mientras yo iba en busca del ascensor.

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